La jaula narrativa de Clara Muzzio: biología, poder y la vieja trampa del rol “natural” de las mujeres

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En su texto titulado “Jaulas mentales”, la vicejefa de Gobierno porteña Clara Muzzio intenta polemizar con el discurso de la actriz Anne Hathaway sobre la necesidad de cuestionar los sesgos culturales que asignan a las mujeres las tareas de cuidado. Pero lo que la funcionaria presenta como una defensa del sentido común y de “la naturaleza” termina siendo un alegato de otra época, disfrazado de reflexión moderna. Muzzio afirma que “millones de años de evolución hicieron de las mujeres seres especialmente aptos para cuidar” y que la conexión entre las mujeres y las tareas de cuidado “no es una imposición cultural, sino una conducta estratégica de supervivencia”. Con esa frase, condensa una vieja idea: que la biología determina el lugar social de las mujeres, y que todo intento por discutir esa asignación sería “malicioso” o “resentido”.

Lo que Muzzio omite es precisamente lo que el feminismo lleva décadas señalando: no se trata de negar que las mujeres amamantan, sino de discutir por qué el resto del trabajo de cuidado —el doméstico, el comunitario, el emocional— sigue recayendo casi exclusivamente sobre ellas, sin reconocimiento económico ni social. La naturaleza no explica por qué las mujeres ganan menos, por qué los varones tienen menos licencias de paternidad o por qué el cuidado sigue siendo invisible en la economía formal. Eso no lo define ninguna glándula mamaria, sino la estructura del poder y la distribución desigual del tiempo y los recursos.

Muzzio acusa a Hathaway y a ONU Mujeres de fomentar un discurso “divisivo” que generaría “rencor” entre mujeres y hombres. Lo presenta como una defensa del equilibrio social, pero en realidad es una manera de desactivar cualquier crítica a la desigualdad estructural. Llamar “odio” o “resentimiento” a los reclamos por equidad es un viejo truco retórico del conservadurismo: transforma el malestar social en un problema moral o psicológico. Según esta lógica, no habría que cuestionar quién lava los platos o quién cuida a los hijos, sino aceptar esas diferencias como si fueran parte del orden natural de las cosas. Lo “natural”, en este caso, funciona como una palabra mágica para clausurar el debate.

El texto de Muzzio no se limita a un mal argumento; tiene implicancias políticas. En su rol de vicejefa de Gobierno, su discurso no es un simple posteo de opinión: es un mensaje institucional que refuerza una visión tradicionalista sobre el género. Y lo hace en un contexto donde el gobierno porteño ya viene desfinanciando programas de género y educación sexual, invisibilizando la desigualdad laboral y relegando políticas de cuidado a la esfera privada. Desde esa posición de poder, la apelación a la “feminización de la cultura” no es una reflexión inocente, sino una toma de posición ideológica. Lo que Muzzio llama “efectos tóxicos” de la agenda feminista es, en realidad, el intento de las mujeres de ponerle nombre al trabajo gratuito que sostiene la economía.



Cuando la funcionaria cita a Helen Andrews para advertir que la “feminización de la cultura” amenaza la “supervivencia misma de la civilización”, no hace más que revelar su temor a un mundo donde las mujeres dejen de aceptar pasivamente el lugar que el patriarcado les asignó. Ese tipo de alarmismo —que asocia los avances en igualdad con un riesgo para la civilización— es la versión sofisticada de la vieja reacción machista. No se trata de una diferencia filosófica, sino de una política concreta: mantener las jerarquías donde los varones producen y las mujeres cuidan.

Muzzio dice que “somos nosotras las que tenemos que luchar contra esta jaula narrativa”, como si el feminismo fuera el enemigo. Pero la verdadera jaula es la que encierra a las mujeres bajo la excusa del amor maternal y el instinto biológico. Es la jaula de quienes creen que cuidar está en “lo más íntimo de nuestra especie”, sin advertir que ese argumento también se usó durante siglos para negar el voto femenino, la educación de las mujeres o su acceso a la vida pública. Siempre hubo un “naturalismo” dispuesto a justificar las desigualdades. Cambian las palabras, no el fondo.

Lo más llamativo es que el texto empieza bien: Muzzio reconoce que el cuidado es central para la economía y la sociedad. Pero en lugar de avanzar hacia una reflexión sobre cómo redistribuir ese cuidado, se detiene en la defensa del rol biológico. Si realmente creyera que el cuidado es importante, debería exigir políticas públicas para repartirlo entre todos los géneros: más licencias compartidas, guarderías en los lugares de trabajo, jornadas laborales más equitativas, sistemas de cuidado comunitario. Nada de eso aparece. En cambio, se reduce todo a una defensa de la “vocación natural” femenina, como si reconocer la desigualdad fuera un ataque a la maternidad o al afecto.

En el fondo, Muzzio plantea un falso dilema: o defendemos que las mujeres cuidan por amor o caemos en el resentimiento feminista. Esa dicotomía es tramposa. Se puede cuidar con amor y, al mismo tiempo, reclamar que el Estado y la sociedad compartan esa tarea. Se puede amar a los hijos y exigir licencias pagas. Se puede cuidar a otros sin aceptar el mandato de sacrificarse. Pero el discurso de Muzzio busca clausurar esa posibilidad, reduciendo todo a un esencialismo biológico que la ciencia moderna y el pensamiento crítico hace décadas dejaron atrás.

Su texto también revela una estrategia comunicacional más amplia del oficialismo porteño: envolver posiciones conservadoras en un lenguaje sensible, estético, “racional”. Se usa la idea de “cuidar” como sinónimo de armonía social, pero se la vacía de contenido político. Se convierte en una palabra decorativa, desvinculada de las desigualdades reales. En el mismo gesto en que defiende el cuidado, Muzzio desarma su potencia transformadora.

La paradoja final es que acusa a ONU Mujeres de imponer “directrices ideológicas”, mientras ella misma repite un dogma ideológico ancestral: el de la subordinación natural de las mujeres al cuidado. No hay nada más ideológico que eso. El problema no es que las mujeres cuiden, sino que la sociedad siga esperando que sólo ellas lo hagan. Naturalizarlo es perpetuar una injusticia. Por eso, cuando Muzzio habla de “jaulas mentales”, convendría recordar que no hay jaula más eficaz que la que nos convence de que somos libres dentro de ella.

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