El “shock de confianza” de Milei hace agua: fuga de capitales, inversiones desplomadas y un déficit récord que pone en jaque su relato económico. Los datos oficiales revelan un derrumbe histórico en la inversión extranjera directa y un déficit de 1.700 millones de dólares en el primer trimestre de 2025, en el marco de una economía que no logra generar la “lluvia de dólares” prometida por el gobierno libertario.
Mientras Javier Milei se aferra a su retórica de mercado libre y ajuste salvaje, la realidad golpea con crudeza: las inversiones extranjeras huyen, el déficit externo alcanza niveles alarmantes y la confianza que iba a llover sobre Argentina brilla por su ausencia. Los números del Banco Central exponen una crisis de confianza que amenaza con devorar el corazón del plan económico libertario.
El Gobierno de Javier Milei, que llegó al poder con la promesa de un “shock de confianza” capaz de atraer dólares a raudales, está viendo cómo ese relato se desangra frente a los fríos datos oficiales. Nada menos que un rojo de 1.700 millones de dólares en la inversión extranjera directa (IED) marca el peor arranque de año desde que se tienen registros comparables, pulverizando cualquier esperanza de que los capitales del mundo se abalanzaran sobre la Argentina. Lo que debía ser el principio de una era de bonanza, se está convirtiendo en un nuevo capítulo de fuga de capitales y desinversión, mientras el gobierno insiste, con una fe casi religiosa, en que la confianza está “a la vuelta de la esquina”.
No se trata de una opinión ni de un dato menor. Lo dice el propio Banco Central en su último informe de Balanza de Pagos, donde queda estampado el déficit récord en el rubro de inversión extranjera directa en el primer trimestre de 2025. En otras palabras, lejos de ingresar capital fresco, lo que ocurrió es una estampida de dólares hacia el exterior. La sangría fue tan feroz que ni siquiera los sectores que, en teoría, deberían atraer inversiones por su potencial de rentabilidad —como la energía o la minería— logran revertir el saldo negativo. Es como si el mercado, ese dios todopoderoso al que Milei venera con fervor, le estuviera dando la espalda.
El impacto de semejante déficit no es puramente estadístico. Duele en la economía real. En ese mismo informe, el Banco Central revela que los ingresos brutos de IED sumaron apenas 1.136 millones de dólares entre enero y marzo, un desplome de 52% frente a los 2.368 millones que habían ingresado en igual período de 2024. A la vez, las empresas extranjeras giraron utilidades y compraron activos externos por 2.836 millones, generando así el agujero de 1.700 millones. Y todo esto ocurre mientras Milei recorta el gasto público, destruye el salario real, detona las tarifas y se ufana de tener “equilibrio fiscal” primario, como si eso bastara para sostener una economía cada vez más desangrada.
Si algo demuestra este derrumbe es que la tan cacareada “lluvia de inversiones” no solo no llegó: se transformó en una sequía brutal. El relato libertario de que la confianza internacional brotaría como manantial apenas se viera al gobierno aplicar el ajuste más feroz en décadas se estrella contra la evidencia. Los números cantan. Y lo que cantan es un blues triste y monótono sobre fuga de divisas y desconfianza profunda.
Porque, ¿qué empresario serio invertiría millones de dólares en un país cuyo presidente amenaza con demoler el Banco Central, habla de cerrar ministerios como quien clausura un kiosco y se ufana de dinamitar el Estado? ¿Qué multinacional se jugaría su capital en un contexto en que la recesión es demoledora, los costos financieros están por las nubes y las reglas de juego cambian cada quince días a fuerza de decretos y reformas que ni siquiera el Congreso logra convalidar?
A veces, la respuesta es simple: nadie. O, al menos, no la magnitud de capitales que Milei proclamó que vendría corriendo apenas él se sentara en el sillón de Rivadavia. Por eso resulta casi cómico —si no fuera trágico— escuchar a funcionarios libertarios repetir el mantra de que el mercado “todavía está expectante” y que “la confianza está en construcción”, mientras los dólares se evaporan y los datos oficiales exponen el desastre.
Y es que no hay mercado financiero ni teoría económica capaz de tapar un agujero de semejante magnitud. Lo cierto es que el déficit externo alcanzó el peor nivel en por lo menos una década. Ni siquiera durante el macrismo, con todas sus corridas cambiarias y endeudamiento feroz, se vio una estampida de inversiones extranjeras tan violenta en tan corto plazo. Aquella gestión, aunque terminó en default y crisis, todavía sostenía ingresos brutos de IED más altos que los actuales. Hoy, con Milei, la situación es un baldazo de agua fría sobre el mito de la confianza automática.
Para colmo, la fuga de divisas se conjuga con una economía real que se sigue hundiendo. Basta mirar los comercios vacíos, las fábricas paradas, las suspensiones de trabajadores y los carteles de “liquidación total” para entender que la desconfianza no es solo un asunto de planillas del Banco Central, sino una realidad que se palpa en la calle. Es ahí donde el “déficit cero” que Milei presenta como trofeo se vuelve una medalla de plomo. Porque ¿de qué sirve el orden fiscal si la economía está paralizada y las divisas, lejos de entrar, se escapan como agua entre los dedos?
Incluso los sectores estratégicos, esos que prometían inversiones multimillonarias, están en pausa. El informe oficial admite que ni la minería, ni el petróleo, ni el gas pudieron revertir el rojo en la cuenta de inversiones. Y el gobierno lo sabe. Tanto, que el propio Milei decidió en sus últimas apariciones internacionales suavizar el tono, intentando seducir a inversores con discursos algo menos incendiarios. Pero, hasta ahora, el giro discursivo no surtió efecto. Los dólares no aparecen. Y los datos oficiales lo certifican con una crudeza imposible de disimular.
La situación es delicada. Más allá de las proclamas libertarias, lo cierto es que ninguna economía sobrevive demasiado tiempo si la inversión extranjera se desploma y los dólares se fugan. Porque sin divisas, el ajuste se vuelve eterno y el mercado cambiario queda a merced de una nueva corrida. Y, si algo aprendió la Argentina en las últimas décadas, es que cuando los capitales se asustan, el final siempre es el mismo: devaluación, inflación y más pobreza.
Por eso el déficit de 1.700 millones de dólares en IED es mucho más que un dato estadístico. Es un misil directo al relato mileísta, que sostenía que con ortodoxia económica y motosierra alcanzaba para enamorar a Wall Street. La realidad dice otra cosa. Dice que, a mitad de 2025, la Argentina está más lejos que nunca de ese “shock de confianza” que se prometió como bálsamo milagroso.
En el fondo, lo que se derrumba no es solo un número en una planilla, sino una ilusión. La ilusión de que la confianza de los mercados podía reemplazar, por sí sola, a la política, a la previsibilidad y al desarrollo productivo. Milei sigue declamando libertad y ajuste, pero el mercado le responde con la peor ofensa que un dogmático libertario puede recibir: la indiferencia. Y mientras tanto, la Argentina sangra dólares, empleos y esperanzas.
Fuente;
Deja una respuesta