La política argentina se cuece a fuego lento, entre el aroma cotidiano de unos huevos revueltos y el rumor grave de los pasillos sindicales. Mientras la Argentina atraviesa una de sus etapas más convulsas, Cristina Fernández de Kirchner aparece en la cocina de su casa, entre palta y cucharones, dejando escapar frases que, aunque parezcan domésticas, están cargadas de pólvora política. A su lado, Axel Kicillof se sienta con la CGT en La Plata, sabiendo que cada gesto y cada apretón de manos encierran el destino de un peronismo que se juega más que bancas: se juega la supervivencia ante un Javier Milei que, desde la Casa Rosada, pretende arrasar con toda la arquitectura política y social que sustentó al país durante décadas.
La postal es tan contrastante como reveladora. Cristina, en prisión domiciliaria por la causa Vialidad, graba un reel para Instagram junto a su hijo Máximo. Mientras rompe huevos sobre la sartén, reflexiona sobre proteínas y política, y con una naturalidad casi desarmante suelta que “son buenas para la salud y con eso me alcanza”, justo cuando se oyen comentarios sobre la guerra interna entre Milei y Victoria Villarruel. Esa frase mínima, como tantas otras de la exmandataria, contiene un filo quirúrgico. Porque si algo sabe Cristina es que en la política argentina todo tiene capas: lo íntimo es público, lo trivial es estratégico, lo anecdótico es mensaje.
Milei, desde su trono libertario, probablemente se ría de esta escena. Para él, la épica se mide en tweets agresivos y gráficos de líneas rojas que pretenden demostrar cómo el gasto público es el demonio a erradicar. Pero mientras el presidente juega a dinamitar instituciones y a aniquilar a la “casta”, Cristina sigue apelando a lo más profundo del peronismo: la cercanía, el vínculo afectivo, la narrativa de lo cotidiano que se entreteje con la gran historia nacional. Cocinar huevos revueltos puede parecer banal, pero en el clima político actual es, también, un gesto de resistencia.
Por su parte, Axel Kicillof no cocina para Instagram, pero sí cocina política. Y de la pesada. El gobernador bonaerense se reunió en la Gobernación con la cúpula de la CGT, un escenario nada menor cuando la Confederación es todavía uno de los pocos diques de contención que quedan contra el vendaval mileísta. Allí estaban Héctor Daer, Carlos Acuña, Octavio Argüello, Hugo Moyano, Armando Cavalieri… nombres que, le guste o no al gobierno nacional, siguen moviendo la aguja social y electoral en el país más populoso de la Argentina. No se trató solo de saludos protocolares: los gremios exigieron su lugar en las listas, dejando en claro que, en septiembre, lo que se juega es mucho más que una elección legislativa.
El dato no es menor: más de 13 millones de bonaerenses deberán ir a las urnas en septiembre. Y en un contexto de pobreza creciente, inflación que desangra sueldos y un ajuste brutal impuesto desde Balcarce 50, el peronismo bonaerense necesita mostrarse sólido, aunque sea a fuerza de reuniones, acuerdos y fotos estratégicas. Es aquí donde la figura de Kicillof cobra peso. Mientras Milei busca pulverizar las estructuras tradicionales y Victoria Villarruel espera agazapada, el gobernador parece ser uno de los pocos dirigentes capaces de articular la trama sindical, territorial y política que sostiene a la provincia. Su cónclave con los sindicalistas no fue un gesto vacío, sino el símbolo de un liderazgo que entiende que el poder real no está solo en el Excel libertario, sino en la calle, en las fábricas, en los barrios.
No hay que perder de vista que la CGT ya había dado su respaldo a Kicillof en abril, pero ahora redobla la presión para asegurar lugares en las secciones y distritos, persiguiendo la estrategia de llegar al cierre de listas del 19 de julio con una estructura sólida y representativa. En paralelo, Kicillof había convocado el jueves a más de 40 intendentes del MDF (Movimiento de los y las Fuerzas) para definir criterios sobre candidaturas locales y seccionales, sellando la unidad del PJ bonaerense con el MDF de Máximo Kirchner y el Frente Renovador de Sergio Massa. Es una ingeniería política intensa, casi desesperada, porque Milei no da respiro y amenaza, a cada minuto, con profundizar su ofensiva contra el Estado y las organizaciones sociales y sindicales.
Y es precisamente allí donde se huele el gran nerviosismo de Balcarce 50. Porque aunque Milei siga soñando con arrasar en las urnas bajo el canto de sirena del ajuste eterno, en el conurbano profundo hay hambre, bronca y, sobre todo, memoria. La memoria de un tiempo donde la política —con sus luces y sombras— todavía pretendía proteger el trabajo, la educación y la salud. Kicillof y Cristina, cada cual a su estilo, lo saben. Y aunque se muevan en terrenos distintos —ella, en la intimidad mediatizada de Instagram; él, en el barro áspero de las roscas sindicales— están conectados por un mismo diagnóstico: el peronismo está al borde de perderlo todo si no logra mostrarse como un refugio frente al caos económico y social que desató el experimento mileísta.
Cristina, aunque encerrada en su domicilio, no se resigna al silencio. Su cocina se transforma en un pequeño set político, donde cada frase es combustible para sostener viva su figura y, por extensión, la mística kirchnerista. Kicillof, con el ceño fruncido y la paciencia del ajedrecista, teje alianzas y frena presiones. Los dos entienden algo elemental: Javier Milei está convencido de que puede demoler las bases mismas del sistema democrático, y eso incluye tanto las instituciones como los liderazgos políticos, sindicales y sociales. Pero el peronismo, aunque golpeado, aún late. Y si hay algo que lo define es la resiliencia.
El interrogante es enorme. ¿Alcanzará con huevos revueltos y reuniones sindicales para enfrentar el tsunami que propone Milei? Nadie lo sabe. Pero mientras la Argentina se debate entre el vértigo libertario y el recuerdo de los tiempos kirchneristas, Cristina y Kicillof se muestran, cada uno a su manera, como los últimos guardianes de un modelo que se niega a claudicar. Y en la política argentina, a veces basta un solo gesto —una reunión, un reel, una frase cargada de ironía— para encender de nuevo la chispa de la esperanza. Aunque el panorama se presente, por ahora, más oscuro que la sartén donde Cristina revuelve sus huevos.
Fuente:
Deja una respuesta